La niña en el auto

Historia de un amor infantil

Tenía unos trece años cuando sucedió.
Su madre le había convencido de acompañarle a dejar a su hermana en una fiesta de cumpleaños y cuando llegaron, la mamá de la cumpleañera les pidió que se quedaran a charlar. Su madre decidió quedarse y disfrutar de la fiesta, y ella prefirió quedarse en el carro e intentar soportar el sofocante calor de las tres de la tarde, porque de lo contrario, se iba a sentir colada en una fiesta de niños donde no conocía a nadie.
Saben cómo son los adolescentes de complicados.
Así que soportar el calor sentada en el auto, y jugar con las espinas de un arbusto de limón que se colaban por la ventana, era su única opción.
Mientras jugaba con el arbusto, se cortó con una espina, levantó la vista y justo en ese momento le vio salir por la puerta principal. Lo había visto varias veces en su colegio. Estudiaba en un grado por debajo de ella y aunque el colegio no tenia muchos estudiantes, nunca habían tenido ningún tipo de contacto.
Como convivir en el mismo lugar, sin percatarse realmente de la existencia del otro.
Se acercó a ella con el cabello goteando y ella supuso que se acababa de bañar. La invitó a salir y acompañarlo a la casa. Era hermano de la cumpleañera.
Todo había resultado completamente ordinario hasta que él le ofreció su mano y ella, apenada por la cortada que tenía, lo rechazó, así que él se lanzó a tomarla sin permiso.
En ese momento algo hizo “clic” y cambió todo para ella. De repente ese desconocido pasó a ser alguien en su vida.
Solo le tomó un instante.
Nadie sabe nunca en qué momento alguien llega a su vida para cambiarla. Ni cómo será el
momento. Y es que en momentos tan cotidianos cambia todo.
Ese día, él la dejó con su mamá y volvió a su habitación. A ella le llamó la atención que él se hubiese bañado solo para salir por ella y siguió pensando en él.
Durante la semana siguiente, en el colegio, la existencia de los dos pasó a coincidir como nunca antes y qué curioso es cómo, de repente, algo o alguien empieza a existir para uno. 
Tenían gustos, amigos y temas en común, así que terminaron siendo amigos y reuniéndose siempre durante los recreos. Encontraban siempre la forma de verse y cualquier excusa era válida para charlar un rato. Y ella, que nunca había sentido nada por nadie, empezó a sentirse diferente y no terminaba de entender por qué.
Siempre me ha parecido injusto que uno no crea en el amor de los niños. Son tan inocentes que no sé por qué le resulta tan difícil a la gente creer que lo que sienten es tan real como lo que siente un adulto o incluso más. Es puro. Sin condiciones o restricciones, porque como nunca han sido lastimados, se lanzan al vacío sin imaginarse el montón de cocodrilos aguardando al final. Para ellos es solo subir y desconocen la caída. 
A ella todo le recordaba a él, y en lugar de preocuparle, le gustaba la sensación. Él, por su parte, mostraba interés, y todo parecía un juego. Un juego con dos jugadores al mismo nivel y reglas desconocidas.
Ambos eran demasiado tímidos para admitirlo, pero se gustaban. Quien los veía, lo sabía. Tonteaban siempre, no terminaban de despedirse cuando ya querían llegar a casa y seguir hablando, y cuando ella viajaba, que era frecuentemente, él no dejaba de preguntar por ella, y cuando ella se enteraba, se ilusionaba más.
Pero como dije antes, eran muy tímidos para expresarlo o quizás muy niños para saberlo. Solo sabían que lo sentían y no sabían qué hacer con ello.
Un día, a la salida del colegio él le robó un besito, de esos que dan los niños, y a ella no le quedó más remedio que aceptar que estaba perdidamente enamorada. Tanto como lo puede estar alguien que acaba de descubrir qué es el amor.
Pero no duró mucho, porque justo ese año sus papás decidieron mudarse del país y para una niña que solo sabía subir y no conocía lo que era la caída, el vacío fue traumático.
Cuando por fin se recuperó, él logró retomar el contacto con ella. Por mensajes, hablaban hasta tarde y ya no se ocultaban nada. Sabían que estaban enamorados.
Era en realidad más madura que muchas relaciones mayores; se querían y eso bastaba.
En vacaciones, ella viajó a su ciudad por unos días, y era la oportunidad perfecta para que se vieran. Quedaron en hacerlo una tarde. Ella estaba con sus amigas, ansiosa, y él le escribió avisándole que iría a verla.
Aún no entiende qué sucedió o por qué tomó esa decisión, pero antes de que él llegara, ella se fue. Era su única oportunidad. No se vieron.
Al regresar a la ciudad a la que se había mudado, continuaron hablando. Él la perdonó sin vacilar y esa decisión (que nunca sabrá definir como errónea o no) no afectó en lo absoluto su relación. Pero un día, ella, en uno de esos ataques que dan en la madrugada después de pensar mucho, decidió que esa relación era muy “tóxica” porque nunca iban a poder estar juntos. Vivían muy lejos y eran muy jóvenes. Así que impulsada por la certeza que hacía lo correcto, sacó fuerzas de donde no tenía y cortó toda forma de comunicación. O creyó hacerlo. Porque las que quedaron él las usó para hacerle saber que lo había herido y cortarlas él, no sin antes buscar lastimarla. Besó a una de sus mejores amigas y la hizo su novia. Y ella se convenció de que no valía la pena.
Creyó madurar al dejar de creer en los hombres y sus palabras bonitas, y se puso un caparazón que ya nadie podría penetrar, pero del que tampoco ella podría salir.
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