Disfuncionales

No todos los amores son iguales.
Ella acababa de mudarse a la capital y entrar en la universidad. De empezar una nueva vida. Y un día, en una de las bibliotecas, vio a un muchacho y le gustó. Estudioso, con un aire arrogante. Justo como le gustaba.
Estuvo flechada por él aproximadamente dos años. Él era de esos alumnos aplicados que dan tutorías y ella aprovechaba eso para poder hablar con él, y aunque esa interacción nunca superó lo académico, ella le creo toda una historia a partir de lo poco que conocía.
Luego de años de idealizarlo, se encontró con él en una reunión con sus amigos. Se presentaron y algo hizo “clic”. O bueno, en el caso de ella hizo algo como “clic, boom, pow”. En medio de un “verdad o reto” se besaron y sus pies dejaron de tocar tierra gracias al efecto desconocido que la había envuelto.
Empezaron a salir y a coincidir juntos. Ella no se creía lo suficiente para él así que siempre se puso por debajo, y él aprovechó eso para aumentar su ego. Quizás en el fondo él también sentía algo, pero era demasiado orgulloso para admitirlo.
Empezaron a salir juntos. Discutieron. Él fue su primera vez. Se dejaron de hablar. No tuvieron más de qué hablar. Se convirtieron en amigos con derechos… aunque tenían más derechos que amistad. Ella lo llamaba cuando lo necesitaba y viceversa, y se necesitaban con frecuencia.
Él siempre dejó claro que no era un hombre de relaciones y que no quería nada serio con ella, pero ella, por mucho que intentara ser racional con un hombre como él, sentía, y aunque no podía expresarlo porque el trato había sido “no sentimientos”, cuando uno está ebrio no hay trato que valga y constantemente le hacía escenas por estar con otras mujeres a las que él le respondía con prepotencia y arrogancia, la amenazaba con terminar todo. Le aclaraba que ella no era nadie para él y que por ende no tenía derecho a formarle escandalos.
Bien sabía que hiciese lo que hiciese, ella no se iba a alejar y tenía que aprovecharse de eso.
Un día, por fin, después de una de esas amenazas, ella decidió que era suficiente y que necesitaba un fin. Se lo prometió a sí misma. Terminaría todo con él.
Lo hablaron y quedaron en verse una última vez.
Ella comenzó a salir con otro joven, un fotógrafo. Se conocieron en una exposición y él le pidió su numero. Empezaron a hablar, tenían temas y amigos en común, y ella creyó que él sería suficiente para olvidarlo todo. Sin embargo, en una de sus citas, él la dejó olvidada en el lugar. Y ella, borracha y molesta por la pésima cita, le escribió a las tres de la mañana y le preguntó si podían verse.
“Te espero en la casa”, fue su respuesta.
Cuando ella entró, él, al ver su cara, pregunta: «¿qué sucedió?» y ella respondió: «todos son igual de imbeciles a ti».
Él la abrazó, la besó y terminaron su noche o empezaron su día juntos, envueltos en las sabanas y en esa relación que ninguno de los dos entiende pero que de alguna forma funciona y eso es lo único que les importa.
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