Puesta de sol

Acababa de salir de una larga relación, que duró muchos años y terminó sin mucho drama, y de manera inevitable.
Ella era un tipo de mujer que se podría denominar como juiciosa. De esas niñas de su casa, que leen poesía, les gusta el arte, sin vicios o malas maneras, que salen de vez en cuando a divertirse, pero nunca podrías sacar de la casilla de “señorita”. Pero, como acababa de terminar una etapa larga de su vida, se propuso cambios, así que estaba abierta a ellos.
Él, era todo lo contrario y por ende, todo el cambio que necesitaba. Era lo que usualmente muestran en las películas como el “chico malo”. Con vicios, alcohol y… rock and roll no, sino rap y reggae; también le picaba la casa en las noches y no fumigaban hasta entrada la mañana. Aunque en realidad era un buen muchacho. Tenía principios y no le hacía daño a nadie. Con un aire a poeta, o artista incluso. El perfil de joven liberal pacifista y medio comunistoide.
Predestinados, coincidieron por una puesta de sol. Eran como el agua y el aceite, y al mismo tiempo justo lo que estaban buscando. En contra de las leyes de la naturaleza descubrieron la forma de estar juntos.
Él le enseñó su mundo. Y ella aceptó entrar en él gustosa, porque el nuevo mundo de ella aún estaba en construcción. Le presentó a sus amigos y la sacó a bailar, y los meses pasaron rápidamente mientras daban vueltas. Pero no eran nada. Después de las relaciones largas los títulos asustan y ella y su espíritu libre no querían una jaula. Y eso él lo entendió a la perfección.
No eran nada y ella se enamoró, aunque nunca lo aceptó. Cuando la conoces un poco descubres que pese a que parece alérgica al romance, en realidad es de las que se enamoran fácil y rápido, pero es una mujer efímera. Se enamoró de él, porque era un espíritu libre, como ella, y se entendían. Porque él no buscaba descifrarla, como todos, él solo quería vivirla. Porque él era lo que era, se gustaba así y no esperaba que nadie lo aceptara, dejaba ser la vida y no se complicaba.
Un día, salieron a bailar. Y después de unos tragos, entre risas y baile, se besaron. Como ya se tenían el uno al otro, fue como si besarse fuese un paso más, algo inevitable. Cuando terminó la noche, de vuelta a casa, se tomaron de la manos y ella descubrió que sus palmas estaban diseñadas para que la otra encajase. Todo se sentía en su lugar.
Era de esos amores sabrosos y divertidos, que llenan de gozo. Ella escuchaba feliz las canciones que él le enseñaba, y él le contaba que lo tenía cantando todo el día. Él pasaba a buscarla en la universidad, le presentó con sus padres, intercambiaban libros y le llevaba flores, y ella se escapaba, como nunca antes había hecho en su vida, para verlo, porque siempre quería hacerlo. También le hizo una nota cursi que él llevaba en su billetera. Todos se daban cuenta del cambio, porque el amor es de esas cosas que brotan por los poros. Cada uno se untó un poco del otro.
Pero, ella lo trato como secreto. Por una parte, porque no estaba segura de que él fuese el tipo de hombre que está dispuesto a ir a tu casa a presentarse con tus papás, y no quería que él fuese algo que no era por ella. Precisamente lo que le gustaba de él, era su libertad. Y en segundo lugar, porque su relación anterior tenía muy poco de haber acabado, y quería un tiempo para estar sola; jamás esperó que resultara de esta forma.
Y como secreto se quedó.
Porque, como dije antes, ella era una mujer efímera y quizás él no era un hombre de relaciones, o por lo menos no con mujeres como ella.
Ella se fue unas semanas de viaje y todo se atenuó. Dejaron de hablarse todos los días y un día, simplemente, notaron la distancia, pero ya era demasiado tarde así que decidieron apagarlo.
Ambos en el fondo sabían que no iba a durar mucho y sin embargo esperaban más. Pero ninguno estaba dispuesto… O, en el caso de ella, su orgullo no la dejó buscar más. A él no lo sentía de su mundo. Sentía la confianza para enamorarse de él, pero no para compartirle sus sentimientos y pensamientos. Pensaba que no los tomaría en serio y se convenció de que no era necesario romper ese caparazón que había construido, por él.
Y solo lo dejaron fluir, como habían dejado fluir su relación, y el viento se lo llevó.
Y su puesta de sol, quedó sumida en la oscuridad de la noche.
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