Dejé el café

Dejé el café.

Hallé el sustituto ideal,

aunque no del todo perfecto:

su producción es limitada

y no hay condiciones para su reserva.

 

Dejé el café

y aumentó mi ansiedad de ti.

Por las mañanas ya no grito:

“café”.

Ahora

dormida

te busco

entre las sábanas que me rodean,

y el grito mudo que sale de las yemas de mis dedos

se detiene cuando te encuentran.

 

Dejé el café

y es que ¿para qué lo necesito?

si tus besos me saben a él

te despiertas,

paseas por la casa,

y me buscas,

y me besas,

y me dices:

besos con sabor a café.

 

Debo saciarme,

alimentar

el alma

de ti,

porque es solo cuestión de tiempo

para que suene el despertador

y yo,

con lágrimas en los ojos,

tenga que gritar:

“Café”.

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