Amores de la vida

Le miré de reojo mientras cerraba la puerta y vi que me miraba también; sonrió, me picó un ojo y me lanzó un beso. Le había dejado el bus, e iba tarde. Como siempre, había preferido quedarse unos minutitos más conmigo.

Cuando salió, y me quedé sola, lo reconocí: “es el amor de mi vida”.

Pero una voz interna me regañó. Previamente ya había llamado a otra persona “amor de mi vida”. La inocencia del primer amor me había llevado a hacerlo, aunque muy en el fondo siempre supe que solo sería un amor de niños y que nunca funcionaría más allá de eso. Sin embargo, quitando razones y contexto, lo había hecho: me había dejado llevar por el momento y lo había dicho. Y a él no quería darle un título reciclado.

Me puse a meditar entonces, qué es un amor de la vida y qué sería él. Y lo quise hacer porque muchas veces desestimamos las palabras porque las asumimos como cliché, y no nos preocupamos por analizarlas.

Antes de comenzar, asumo que se da por entendido que no considero que “amor de la vida” esté vinculado o tenga alguna relación con las ideas filosóficas del amor de Platón, “alma gemela” y “amor platónico”.

“Amor de mi vida”, “amor de la vida”. Amor. Vida.

El amor, o los amores, son finitos. Una relación tiene que tener más que amor para salir adelante. Y eso lo digo yo, que alguna vez creí que el amor lo podía todo. La idea de que de amor se vive, hace ilusión, pero no es real. Así que amores pueden haber muchos, porque así como comienzan pueden terminar, y no por eso son menos amores que otros.

Vida. Creo que a lo largo de nuestra vida, vamos dejando vidas detrás; las vidas que pudimos haber tenido. Esos yoes que seríamos si nuestras decisiones hubiesen sido otras, que se mantienen dentro de nosotros y una que otra vez nos hacen cuestionarlo todo.

A ver, un ejemplo: siento que la mujer que habita en mi pasado, no es la misma que soy hoy. Creo que la mujer que soy hoy, jamás tomaría las decisiones que tomó la mujer del pasado. Y es tan fuerte la diferencia entre estas dos que me hace pensar que son de dos vidas diferentes. Sin embargo, gracias a la mujer del pasado y a esas decisiones que ella tomó, hoy soy quien soy. Misma persona, diferente momento.

Ahora, vamos más allá.

En el presente, tenemos una concepcion de lo que es nuestra vida. Repito: presente. No quiero que aquí entre el pasado, o lo que fue. La línea de este pensamiento parte del ahora, al futuro. Las decisiones que tomo para mi vida, están encaminadas hacia lo que quiero que esta sea. Hacia la vida que quiero para mi.

Volvemos a los amores de la vida.

Ese amor al que llamé así, aun sin sentirlo realmente, pudo haber sido en su momento lo que yo quería para mi vida. Por algo estuve con él. En el caso hipotético de que hubiese sido real, de verdad habría sido el amor de mi vida en ese momento. Y el hecho de que ya no lo sienta como tal, no hace que deje de ser el amor de esa vida.

Amores de la vida pueden haber muchos. Ninguno será más que otro hasta que nuestra vida esté por terminar y veamos quién terminó siendo el último y le queramos dar más valor por eso (resalto el hecho de que dije “el último” y no “el real”).

Entonces, ante la pregunta: “qué es él”, surgió una respuesta que no me esperaba cuando comencé a meditar:

El amor de la vida no es un título, un premio, o una categoría que se le asigna a la persona que lo acompaña a uno. Es una consecuencia de lo que se quiere y de quién se quiere para nuestra vida.

Él es la vida que quiero para mi.

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